 Nueva Zelanda Detrás de una naturaleza desbordante y plena de contrastes, con glaciares, volcanes o playas a pocos kilómetros entre sí, se descubre una sociedad moderna y consciente del medio ambiente.
WELLINGTON.- Nueva Zelanda es uno de esos países en los que uno puede imaginarse una vida: limpio, seguro, multicultural, sin pobreza ni ostentación millonaria, sede de ciudades vibrantes, jardines generosos, mesas bien servidas, amabilidad sin artificios.
Y los paisajes. Rudyard Kipling alguna vez los calificó como la octava maravilla del mundo. Pero pasarían más de 100 años para que esos escenarios de cuento -que no por nada fueron los elegidos para filmar la taquillera triología de El Señor de los Anillos, entre otras películas de fantasía-, se convirtieran en el principal producto de exportación de Nueva Zelanda. Un país que, se mire por donde se mire, queda lejos de todas partes.
Desde la Argentina, lo más fácil es viajar vía Chile, y desde allí son 11 horas de vuelo. No parece tanto. Aunque, claro, al aterrizar en suelo kiwi se descubre que hay un día entero que se evaporó por arte de magia. Es decir, si se viaja un jueves, por ejemplo, se llega invariablemente un sábado.
Misterios del tiempo aparte, el país de los All Blacks recibe 2,4 millones de turistas por año. No es poco, en una nación de apenas cuatro millones de habitantes. Sucede que en su apretada y accidentada geografía, las dos grandes islas, que sumadas a un puñado de otros islotes conforman el Estado de Nueva Zelanda, concentran desde volcanes y glaciares hasta playas de arena negra, bosques subtropicales e incluso su propia cadena de Alpes. Y al ser un territorio compacto, con rutas impecables y facilidad de transporte, en un mismo día es posible, por ejemplo, saltar de una pista de esquí a una tabla de surf.
Pero no basta con tener una naturaleza privilegiada: hay que saber aprovecharla. Algo que los neozelandeses saben hacer, y muy bien.
De hecho, casi un tercio de Nueva Zelanda, cuyo tamaño es comparable a Gran Bretaña o Japón, cae bajo el manto de parque forestal, reserva marina u algún otro tipo de área protegida. Hay 14 parques nacionales en total, todos con acceso gratuito, y en cualquier punto del país siempre existe uno a corta distancia.
Sobran opciones para disfrutar de cada rincón de las islas. Y para hacerlo desde todos los ángulos, medios y presupuestos imaginables: trenes panorámicos que zigzaguean entre picos nevados y cumbres escarpadas, helicópteros que sobrevuelan lagos humeantes, barcos que surcan costas rasgadas por fiordos, gomones que flotan en grutas subterráneas, parapentes que planean sobre campos salpicados de ovejas (dicen que hay 15 por cada habitante), catamaranes especiales para ver ballenas... Y para los cultores del trekking y el ciclismo, todo Nueva Zelanda es un enorme circuito de senderos y miles de kilómetros marcados, señalizados y vueltos a marcar.
Semejante profusión de naturaleza también puede alternarse con un rosario de ciudades y pueblos que desmienten la fama de aburrida y previsible que se le ha atribuido a Nueva Zelanda, una ex colonia británica que aún conserva la fidelidad a la reina y la tradición de manejar por la izquierda.
Más allá de la cosmopolita Auckland, la mayor ciudad y a donde llega el 80% de los visitantes internacionales, también está la capital del país, Wellington, tan famosa por sus numerosos festivales e intensa actividad cultural (tiene más de 50 museos y galerías, entre ellos el renombrado Te Papa Tongarewa), como por la ferocidad de sus vientos, pues comparte con Chicago el apodo de Windy City.
O Christchurch, la ciudad más grande de Isla Sur, también conocida como la más inglesa fuera de Inglaterra. Es una delicia pasear por sus jardines botánicos, recorrer el río Avon en canoa, perderse entre sus iglesias de estilo gótico o tomarse un trago en los bares de The Strip, a orillas del río.
También en la Isla Sur, Queenstown es otra parada imperdible. Proclamada la Capital del Turismo Aventura, tiene bien ganada su fama: desde esquí a rafting y paracaidismo, no hay actividad que no se practique en los alrededores de la villa alpina. Incluso dicen que aquí fue donde el neozelandés A. J. Hackett inventó el bungee jumping (Hackett es el mismo que en 1986 se lanzó atado a un elástico desde la Torre Eiffel). Desde Queenstown parten las excursiones a los fiordos de Milford Sound y Doubtful Sound, reservas naturales de una belleza sobrenatural.
De todos modos, la gran ventaja competitiva de Nueva Zelanda va más allá de paisajes impactantes. Su imagen verde y su énfasis en el turismo sostenible son la principal apuesta de un gobierno preocupado por cuidar sus tesoros naturales y minimizar el impacto tanto en el medio ambiente como en la comunidad.
"Cada sector de la economía está enfocado para ser sostenible. Pero el turismo debería liderar el camino", asegura el ministro de Turismo, Hon Damien 0´Connor.
¿Cómo ser sostenible? A través de varias iniciativas, desde la reducción sustancial de las emisiones de carbono -el Estado se comprometió a recortar las del transporte a la mitad para 2040, además de ser unas de las primeras naciones en introducir vehículos eléctricos- hasta pequeños cambios que hoy son palpables en la mayoría de los hoteles neozelandeses: detectores de movimiento para encender o apagar luces, productos de limpieza libres de químicos, uso de papeles ecológicos y jabones biodegradables, la opción de no lavar las toallas todos los días, indicaciones sobre cómo ahorrar agua, etcétera.
"Ser sostenible es más que reciclar o usar bombitas de bajo consumo -aclara, sin embargo, John Delaney, director de Green Globe, un programa que regula y certifica proyectos ecoturísticos en 42 países-. Es simplemente ser más eficiente."
Delaney subraya que las comunidades juegan un papel clave en el turismo sostenible. En este sentido, Kaikoura, un pequeño poblado de la Isla Sur, se convirtió en la primera localidad que obtuvo la certificación de Green Globe.
Con apenas 3400 habitantes, Kaikoura recibe 1,6 millones de visitantes por año (el avistamiento de ballenas es la vedette del lugar). Para minimizar el impacto que esto significa en su infraestructura y medio ambiente, adoptó una serie de medidas que en un principio pecaban de ambiciosas, pero que alcanzaron resultados sorprendentes. Entre ellas, Kaikoura hoy recicla el 65% de la basura (incluso tiene un desfile de moda en el que se muestran vestidos realizados a partir de esos deshechos), y se propuso la reducción total de residuos para 2015. También plantó dos millones de árboles para compensar la emisión de dióxido de carbono, incluyendo al turista en su iniciativa: vende árboles a los visitantes, que tras sembrarlos pueden seguir su crecimiento a través de Internet.
"La mayoría de los turistas que vienen a Nueva Zelanda tienen que atravesar medio globo para hacerlo -dice O Connor-. Entonces, una vez que están acá, queremos ofrecerles lo mejor. Y el turismo sostenible es parte esencial de ese valor agregado." Recomendar este artículo (11) | Cite este artículo en su sitio | Vistos: 300
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