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Marruecos. Rabat, la mezquita y el sultán PDF Imprimir E-Mail
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Rabat - Marruecos
Rabat - Marruecos

Un recorrido por la cautivante capital marroquí. La historia de la Torre Hassan, los mercados y la ciudadela de Kasbah.

Un sultán soñó alguna vez construir la mezquita más grande del mundo, con un minarete tan alto que se pudiera divisar a cientos de kilómetros de distancia. El sultán se llamaba Yacoub Al-Manzour, y murió antes de terminar su obra, en 1199. Y aunque de la mezquita sólo se construyeron los pilares y la torre llegó a la mitad de la altura que el sultán hubiera deseado, hoy son visitadas por miles de turistas, figuran en cuanta tarjeta postal uno encuentre, y se han convertido en el símbolo de Rabat, la capital de Marruecos.

No será el minarete más alto del mundo, pero la Torre Hassan con su contundente silueta rojiza bien puede ser uno de los más bellos. Mientras uno se para frente a ella e intenta que la mirada no se pierda en la imponente columnata que la rodea y que sostiene un templo imaginario, comprende por qué Rabat es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, además de ser la capital del país desde 1912.

Es cierto: Rabat no es tan moderna como Casablanca, ni tan medieval como la impactante Fez, ni tan colorida como Marrakech, pero tiene un poco de cada una de ellas, sólo que rodeada de un ambiente más apacible y pueblerino. Y si de buscar coincidencias se trata, uno no tiene más que levantar la vista para notar el inevitable parecido de la Torre Hassan con la Giralda de Sevilla -sólo hay que hacer el esfuerzo mental de eliminar la parte superior incorporada luego por los cristianos para convertir el antiguo minarete en campanario- y con la Koutoubia de Marrakech, sus hermanas gemelas. Es que las tres torres han sido construidas por el mismo arquitecto hacia fines del siglo XII, tiempos en que los árabes aún ocupaban España. La Torre Hassan es la más baja porque ha quedado inconclusa. Cada uno de sus lados tiene una decoración diferente, así que bien vale dar una vuelta alrededor y sacarse fotos desde distintos ángulos, sobre todo sobre la impresionante explanada de columnas truncas.

Parabólicas y minaretes

Este es también un buen lugar para ver las panorámicas de la ciudad, una ciudad de perfil blanco, fileteada por murallas y antiguos monumentos rojizos, con palmeras y plantas que estallan entre las piedras. Desde arriba se puede ver cómo los edificios modernos y las antenas satelitales conviven con minaretes y murallas que acumulan más de mil años, además de los arbolados bulevares, que se mezclan con las estrechas calles que trepan la Medina. Tal vez esta sea la mejor metáfora de Rabat, una ciudad que combina la influencia europea con la tradición musulmana. De fondo, la sombra inevitable del mar que atrajo a piratas, y la desembocadura del río Bou Regreg que separa a la capital de la antigua ciudad de Salé. Ya habrá tiempo de recorrer las antiguas murallas. Por el momento, sigamos en los alrededores de la Torre, para encontrarnos con el Mausoleo de Mohammed V, artífice de la independencia de Marruecos. Vale la pena conocer este mausoleo, al que algunos han calificado como el más hermoso del mundo. A pesar de que se trata de un edificio relativamente nuevo -fue terminado hace 37 años-, respeta los cánones de la arquitectura marroquí tradicional. Se trajeron materiales de todo el mundo para su construcción: mármoles de Italia, cedro del Líbano, ónix de Pakistán. Los materiales fueron trabajados por 400 de los mejores artesanos del país.

En Marruecos, como en otros países árabes, resulta inevitable familiarizarse con cierta terminología si uno desea salir del hotel. Medina es una palabra que designa a la parte antigua de la ciudad, donde generalmente está el souk o zoco, mercado callejero en el que se venden todo tipo de artículos. La Calle de los Cónsules y la calle Souika están en el corazón de la Medina de Rabat, famosa por sus trabajadas alfombras.

Cuentan que por Rabat, mucho antes de la llegada de los árabes, pasaron fenicios, cartagineses y romanos. Poco es lo que han dejado, pero si uno quiere darse una idea, puede acercarse a Chellah, antiguo campamento romano a dos km del centro, que luego fue fortificado y convertido en necrópolis por los merinitas. Aquí descansan los restos de reyes, entre mezquitas abandonadas, un minarete cocido por el sol durante siglos y la vegetación que surge desordenada entre las ruinas.

Pero aún queda por conocer el lugar más encantador de la ciudad. La Kasbah des Oudaia es una antigua ciudadela construida en una colina a orillas del mar, que en otro tiempo sirvió de base a los corsarios andaluces. De aquel turbulento pasado sólo se mantiene la arquitectura. Se ingresa a través de una imponente puerta sobre la muralla color ocre de la época de los almohades, pero una vez adentro, los colores cambian. Las paredes de las casas que flanquean las estrechas calles están pintadas de blanco y azul y van trepando sobre la colina. Cada tanto se cuela alguna puerta muy trabajada que recuerda que detrás de los muros suelen haber patios llenos de vida.

Entre las murallas de la Kasbah es indispensable conocer los jardines andaluces, la mezquita más antigua de Rabat y el Museo de Arte Marroquí. En uno de los extremos de la Kasbah se encuentra el famoso Café Maure, tal vez el mejor lugar para descansar luego de la visita por la ciudad, mientras se toma un té a la menta. Desde su terraza circular se puede distinguir la ciudadela blanca y azul, la vecina ciudad de Salé, y la desembocadura del río Bou Regreg sobre el Atlántico. También se puede ver la Torre Hassan, aquella que alguna vez un sultán soñó como la más alta del mundo.

Fuente: Clarín


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