 Turismo Slow A 20 kilómetros de la ciudad de Villa Dolores, en el valle de Traslasierra, tres localidades -San Javier, Yacanto y La Población- comparten la vida apacible, lejos de los vicios citadinos, en un entorno natural y con todos los servicios turísticos.
A 150 kilómetros de la ciudad de Córdoba, hacia el oeste provincial, la vida transcurre a ritmo de siesta, con olor a hierbas, en los colores que manda la estación del año, más a caballo que en auto y de fiado en el autoservicio El Licho. Por eso, existe un proyecto para que San Javier de Traslasierra obtenga el status de “Pueblo Slow”. Propiciado desde su secretario de Turismo, Tomás Iribarren, y apoyado por los empresarios, comerciantes y habitantes, la idea es avanzar en los servicios turísticos que la están posicionando en un lugar elegido para descansar, pero dentro de un marco regulatorio que preserve su impronta de pueblo centenario, su entorno natural y alejado de los vicios citadinos.
Allí, lo más parecido a una población urbana es el puñado de construcciones que rodean la plaza: la iglesia donde reposan los restos de monseñor Vladislao Castellano (tercer arzobispo de Buenos Aires), la intendencia, una inmobiliaria, un negocio de artesanías, un súper, un atellier y el bar Quita Penas, donde estacionan uno al lado del otro, una 4x4 y un caballo atado al palenque.
Lo demás, es caminar por calles de tierra y senderos con galerías naturales que forma la vegetación, entre casonas de estilo inglés y otras de paredes anchísmas de adobe. Siempre, desde cualquier ángulo, al alcance del cerro Champaquí que asoma como un todopoderoso omnipresente.
Uno de esos senderos forma el circuito Ambrosio que en 50 minutos a pie sintetiza San Javier: el aire huele a hierbas (cualquier yuyo que se toque dejará su aroma impregnado en la mano), el sonido ambiente es a canto de pájaros y rumor de arroyos, cascadas y acequias; las sierras se ven azules e imponentes; y por estos días hay una combinación de colores verdes, amarillos y ocres. Ese sendero parte de la cervecería Las Violetas, alto imperdible para degustar picadas artesanales y creativas que incluyen aceitunas en aceite de oliva rellenas con queso de cabra y champiñones de su propio bosque servidas con alguna de las seis variedades de cerveza elaboradas allí mismo por Patricia y Andrés Mazzacco, un matrimonio que como muchos allí, un día llegó de vacaciones y no se fue más.
Un spa y otros atractivos
Cruzando un vado del arroyo San Javier, una tranquera conduce a un complejo de tres hectáreas de frutales y bosque de pinos (entre los que está el retoño del pino de San Lorenzo plantado por el capitán Guillermo Brown, fundador de la Aviación Naval Argentina). El capitán Brown fue el primer dueño de El Petrel, hoy convertido en un spa de campo: entre castaños, naranjos y paltas añosas se ubican cabañas y dormis con paredes de abobe y un salón de usos múltiples donde se ofrecen desde una estadía con desayuno hasta programas desestresantes y adelgazantes con masajes, ozonoterapia, productos naturales y fitoterapia a base de hierbas medicinales y aromáticas del lugar.
A una cuadra de la plaza se ubica la casa de Arias de Cabrera, conocida como La Obra, que consiste en una reliquia arquitectónica de estilo colonial. Construida en 1770 y aunque el paso del tiempo y la falta de mantenimiento hicieron lo suyo aún conserva rasgos del estilo que marcó una época: paredes de barro de un metro de espesor, vigas de madera tallada, capiteles esculpidos y tejas moldeadas a mano.
Los más aventureros pueden optar por un acceso al Champaquí desde San Javier que se inicia en un camino de huella de unos 6 kilómetros hasta el paraje La Constancia, un antiguo casco de estancia reciclado donde funciona una hostería de montaña. Desde allí el ascenso puede hacerse a pie o a lomo de mula (demanda unas 7 horas) por senderos abruptos desde los cuales se pueden observar la profunda Quebrada del Tigre y los saltos de agua del arroyo San Javier.
Al Baño del Obispo, sobre el arroyo Yacanto, a unos 2,5 km de la plaza, se puede llegar a pie (la caminata demanda alrededor de una hora y media). Su nombre deriva de una leyenda popular que cuenta que allí solía tomar baños un obispo y que en una oportunidad perdió en el agua su anillo de oro blanco.
Los turistas suelen llevarse souvenirs artesanales en alfarería, cerámica, madera, joyería, orfebrería, tejidos de telar, hilados, cueros, cobre y pinturas; dulces y conservas. Pero sobre todo, suelen partir con el espíritu reconfortado.
Fuente: La Mañana de Córdoba Recomendar este artículo (22) | Cite este artículo en su sitio | Vistos: 273
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